El día que Lon decidió nacer sola, la diosa Fortuna decidió no perdonarle la osadía. Le reservó entonces un destino difícil, de esos que la diosa guardaba para los más valientes, aunque tuvo la delicadeza de armarla para ello con un escudo de fuerza de voluntad, sensatez, fortaleza y sabiduría.Muy pronto empezó a tener que aguantar un hachazo en el alma, otro en el cuerpo, luego en el alma otra vez... Y aprendió a tragar las lágrimas como su madre y la vida le habían enseñado, con disciplina y abnegación. A menudo elegía hacerlo sola, en silencio, sin mostrar debilidad. Hija impecable, hermana impecable, amiga impecable, mujer impecable.
El nombre le viene de su abuelo y también de San Longino, un santo curioso donde los haya. Cuentan mi amiga y la tradición cristiana que este soldado romano fue el que le clavó la lanza a Jesucristo estando en la cruz. La Sangre del Señor le empapó toda la cara y, de esta manera, fue sanado de la ceguera que padecía y se convirtió. Mi amiga fue ciega a veces, como el santo, mas gracias a la lucidez de su espíritu siempre supo abrir los ojos a tiempo y encontrar cura sin necesidad de convertirse.
Cuando conocí a Longina quise ser su amiga y ella eligió que lo fuera, así de sencillo. Siempre vio en mí a una heroína, siempre me hizo sentir importante. Y ella era la mujer perfecta: bella por fuera y por dentro, tan llamativa, tan esbelta, alma de reuniones y de fiestas con ese don natural para sacarnos la risa; el arte de convertir en fábula la realidad, con qué facilidad embelesarnos.
Sé que ahora ha conseguido matar los demonios, que ha tomado las riendas de su vida, que se ha deshecho de lastres, que vive feliz, y quiero que sepa cuánto me alegro de verla de nuevo volver con el rostro plácido y sereno, enamorado; satisfecha de haber vencido, de poder soltar por fin el escudo y sin necesidad de blandir ya más la lanza de su San Longino. FELICIDADES.